La palabra virus, nos puede hacer pensar en algo biológico, con vida. Algo microscópico que entra en el cuerpo, se reproduce, contagia y termina enfermando a una o a varias personas. Aunque el principio es el mismo, en el mundo de los computadores un virus no está vivo. No respira, no tiene células y tampoco ADN. En realidad es algo mucho más simple: es un programa.
Imaginemos que recibes un correo electrónico con un archivo adjunto. Lo abres y ese archivo, sin que te des cuenta, envía automáticamente una copia de sí mismo a todos tus contactos. Cada uno de esos contactos recibe el mismo mensaje y el mismo archivo, que a su vez se envía automáticamente a todos sus contactos. En poco tiempo ese mismo archivo podría estar circulando por cientos o miles de computadores alrededor del mundo.
Eso es, en esencia, lo que hace un virus informático. Es un programa capaz de copiarse y pasar de un sistema a otro utilizando distintos medios, como archivos, correos electrónicos, pendrives, discos duros o redes.
La idea apareció mucho antes de que existiera Internet tal como lo conocemos hoy. A comienzos de los años setenta funcionaba una red experimental llamada ARPANET, creada para conectar universidades y centros de investigación en Estados Unidos. Aquella red era pequeña, pero introducía una idea completamente nueva en ese momento: computadores ubicados en distintos lugares podían comunicarse entre sí.
Usando ARPANET, en 1971 un ingeniero llamado Bob Thomas decidió hacer un experimento. Quería comprobar si un programa podía moverse por sí mismo a través de la red, saltando de un computador a otro, instalándose en diferentes máquinas e intentando replicarse hasta alcanzar todas las computadoras posibles, todo de manera autónoma. Cuando el programa lograba llegar a otro computador, mostraba un mensaje bastante simple en pantalla. Decía: “I’m the creeper: catch me if you can”. En español, algo así como “Soy el Creeper, atrápame si puedes”.
El programa no estaba diseñado para causar daño. Era simplemente una demostración técnica. Pero el experimento reveló algo importante e inquietante. Si un programa podía desplazarse por una red de computadores sin mayor intervención humana como un simple ejercicio de prueba, entonces también podía hacerlo con otros propósitos.
Poco tiempo después apareció otro programa llamado Reaper. Su función era encontrar al Creeper y eliminarlo de las máquinas donde se instalaba. Sin buscarlo demasiado, aquellos ingenieros habían creado también algo que hoy conoceríamos como un precursor del antivirus.
En ese momento nadie hablaba de ciberseguridad. Las redes eran pequeñas y estaban formadas principalmente por universidades y centros de investigación. Sin embargo, el principio ya estaba ahí. Los programas podían propagarse.
Con el paso de las décadas, cuando apareció Internet y comenzó a expandirse por todo el mundo, esa misma idea evolucionó hacia los virus informáticos modernos, los gusanos y otros tipos de software malicioso que hoy forman parte del panorama cotidiano de la seguridad digital.
Los programas siguen evolucionando permanentemente y además ahora con el alcance de la Inteligencia Artificial, están apareciendo programas que se crean a sí mismos sin la más mínima intervención de un ser humano. Aparecen nuevos virus informáticos que son capaces de ser indetectables para los antivirus más potentes y es aquí donde aparece el último filtro, el ser humano, pero esta vez como el último muro de contención antes de un desastre.
Nos volvimos absolutamente dependientes de la tecnología, como civilización ya pasamos el punto de no retorno. Necesitamos de la electricidad, las comunicaciones, de las computadoras, de Internet para todo. Desde que nacemos, para ser registrados bajo una bandera, mientras vivimos y nos alimentamos, para no tener que salir a cazar disparando flechas y hasta el día de nuestra muerte, cuando ese primer registro de nuestro nacimiento indica que ya no estamos disponibles en este mundo.
La alfabetización digital consiste en aprender a usar la tecnología para comodidad y seguridad, tal como aprender a leer y escribir. Porque podría evitarnos caer en engaños o estafas, que hoy en día es excesivamente fácil incluso para personas que llevamos mucho tiempo trabajando en tecnología, nadie está libre de algún tipo de amenaza digital. Y esa falsa seguridad del “yo no seré engañado” o “yo no tengo nada que esconder”, es la puerta ideal para afectar a las personas de nuestro entorno.
Un virus informático puede entrar a mi computador o a mi teléfono móvil, saltar al resto de mis contactos y propagarse hasta el fin de los tiempos, robando dinero y cuentas bancarias o haciéndose pasar por mí, pudiendo acceder a créditos y incluso inventando cosas que yo nunca sería capaz de decir y todo, sin que yo mueva un dedo. Pero si yo me protejo también estoy protegiendo a quienes me rodean.
La mayoría de las empresas no sabe si es segura… hasta que ya es tarde.
Revisamos en 30 minutos si tu empresa es un blanco fácil y entregamos un diagnóstico claro, sin tecnicismos ni compromisos.

